Caminas por la gran ciudad como perdido, buscando algo que te recuerde a mí, teléfono en mano por si, a través del cromo y el cristal, hago acto de presencia.
Aún recuerdas mis dedos rasgando el aire, una seña, un saludo, cuando en pleno enero el sol decidió regalarnos un día claro y cálido, para que calor sintiéramos al volver a encontrarnos. Salías apresurado del trabajo, la corbata demasiado suelta para resultar elegante, el cabello algo alborotado y el gesto expectante, como un reflejo de tu corazón. Querías encontrarme pronto y era fácil avistar a la chica de colores entre la homogénea muchedumbre gris con la que has contraído matrimonio, al menos de lunes a viernes. Te asombrarías al verme. Seguro. Porque siempre se asombran aquellos que hace mucho que no se rozan con las pupilas. Y yo me asombré también.
¿Dónde has dejado al chico que soñaba asomado a su mapa del mundo, que vivía en el camino y volvía después, cansado pero sonriente, a posar su vista en el mágico papel que le mostraba, estampados en colores, todos los posibles horizontes, para marcar con chinchetas sus nuevos territorios conquistados?
¿Cómo sobrevive el pajarillo mochilero del que me prendé perdidamente hace ya mucho tiempo en esa burda jaula de cemento blanqueado, sin trazas de arte o creatividad pero que inadecuadamente, como con ironía o en socarrón tono de burla, llamaron Picasso? ¿Cómo extenderá sus alas si se las cosieron a un traje? ¿Cómo alzará el vuelo si sus pies se ven obligados a arrastrarse amargamente sobre el asfalto cada mañana?
Me agarras, pero no con las manos, sino con el ansia. Tratas de atraparme aunque sabes que me escaparé entre tus dedos como arena fina de las playas de esos confines de la tierra que visitamos sin el otro. Soy una prueba, prueba que respira y camina, de que existe otro modo, otra manera, otra salida. Y cuando me hablas, cuando me sientes, es como si tú también hubieras escapado.
Quiero besarte como si fuera yo un príncipe salvador y tú una aletargada Blancanieves que necesitará una lengua que le hurgara más allá del paladar para sacar de su garganta un fragmento de fruta envenenada con rutina y devolverte así a la vida. Que mis labios te succionen, te arrastren conmigo fuera del asfalto y de lo conocido, que acaben con tu letargo.
Y quizá debería gritar "¡Ven!" con todas mis fuerzas, hasta que no quedara aire en mis pulmones, hasta que mis ojos se llenaran de lágrimas por el esfuerzo, hasta que mi voz se quebrara. Pero no lo hago. Y quizá deberías gritar "¡Voy"! o no gritar, pero sí venir, o ir, o no sé, pero dejarlo todo esta vez. Pero no vienes, ni vas, o no sé. Y, a pesar de la desazón y la inquietud, mañana el gran astro ardiente volverá a salir por el este. Y se pondrá por el oeste. Y seguirás saludando a tus vecinos. Y todo permanecerá plácidamente inmutable, aunque incómodo, como los lustrosos zapatos de tu primera comunión. Y yo me habré ido y ya no te molestaré como motita de barro, de barro del camino, en el ojo.
Enamorada de la lluvia en invierno y el té muy especiado * Amante de un buen libro en cualquier contexto * Proyecto de escritora y/o poetisa
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miércoles, 14 de enero de 2015
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Amor de Currusco
-Guárdame un trocito de pan.
-¿Cómo dices?
Estoy sentado ante el televisor viendo una película de Tarantino que nunca consigo acabar por razones externas, con un huevo frito sobre un plato, sobre la bandeja, sobre las rodillas, y un pedacito de ese pan, que acaba de ser nombrado, entre los dedos, a punto de herir la jugosa yema, y tú me has dicho que te deje un trozo. Que sé que lo quieres para extenderle mañana por encima una buena capa de crema de cacao y avellanas en el desayuno, porque te encanta hundir tal invento en la leche, que está también llena de chocolate en polvo.
Y lo hago: parto el mentado alimento en dos y reservo tu mitad, dejándola sobre la mesa, no vaya a ser que en un descuido me la zampe por untar mi ketchup y mañana te vayas a trabajar habiendo empezado el día con unas simples galletas rancias.
Este es el tipo de cosa que hago por ti. Y me gustan.
Miras mi plato. Parte del amarillito del huevo se ha quedado ahí, en el fondo. Es lo más salado; lo que más me gusta. Y al resto de los mortales también, creo. Coges otra vez el pan, que debe estar contento con el bailecito que le estamos dando, y cortas la mitad de eso que ya era una mitad. Y me la tiendes. Y dejas el resto, de nuevo, sobre la mesa.
-Con eso ya me llega. Es por quitarme el antojo.
Sonríes. Y te doy un besito. Luego más, que ahora, si no, me pierdo la película otra vez.
Este es el tipo de cosas que haces por mí. Y te gustan.
-¿Cómo dices?
Estoy sentado ante el televisor viendo una película de Tarantino que nunca consigo acabar por razones externas, con un huevo frito sobre un plato, sobre la bandeja, sobre las rodillas, y un pedacito de ese pan, que acaba de ser nombrado, entre los dedos, a punto de herir la jugosa yema, y tú me has dicho que te deje un trozo. Que sé que lo quieres para extenderle mañana por encima una buena capa de crema de cacao y avellanas en el desayuno, porque te encanta hundir tal invento en la leche, que está también llena de chocolate en polvo.
Y lo hago: parto el mentado alimento en dos y reservo tu mitad, dejándola sobre la mesa, no vaya a ser que en un descuido me la zampe por untar mi ketchup y mañana te vayas a trabajar habiendo empezado el día con unas simples galletas rancias.
Este es el tipo de cosa que hago por ti. Y me gustan.
Miras mi plato. Parte del amarillito del huevo se ha quedado ahí, en el fondo. Es lo más salado; lo que más me gusta. Y al resto de los mortales también, creo. Coges otra vez el pan, que debe estar contento con el bailecito que le estamos dando, y cortas la mitad de eso que ya era una mitad. Y me la tiendes. Y dejas el resto, de nuevo, sobre la mesa.
-Con eso ya me llega. Es por quitarme el antojo.
Sonríes. Y te doy un besito. Luego más, que ahora, si no, me pierdo la película otra vez.
Este es el tipo de cosas que haces por mí. Y te gustan.
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